
Estamos de nuevo en época de evaluaciones, y ya se cumplen dos años desde esta otra entrada en blog en la que reflexionaba sobre cómo se había pervertido el término de evaluación continua:
Además de seguir tratando el tema de la evaluación con mi alumnado de la asignatura optativa de Introducción a la Pedagogía Musical; también he sido invitado a impartir varias formaciones para docentes de conservatorios. En este post quiero ampliar una idea en la que cada vez creo más; y es que la notas (no las musicales, no; me refiero a las notas numéricas de trabajos o evaluaciones),.. decía: las notas no son para los alumnos. Y de nuevo, voy a intentar convencerte de ello.
Sé que puede sonar exagerado, porque llevamos tanto tiempo organizando la vida escolar y académica (¡e incluso la sociedad!) alrededor de ellas que parecen el centro de todo. Pero, si lo pensamos bien, la nota sirve sobre todo al sistema: para decidir quién aprueba y quién suspende, quién pasa y quién repite o quien tiene distinción (matrícula de honor). O para seleccionar cuando hay escasez: quién accede a una plaza en una prueba de acceso (al conservatorio, por ejemplo), a la universidad o en una oposición a la función pública. La nota clasifica, ordena y simplifica. Para eso es «útil», o quizá sería mejor decir: «eficiente».
Pero para aprender, sirve bastante poco.
Un número dice muy poco a un alumno sobre su proceso. No le explica qué está haciendo bien, qué no termina de comprender, en qué ha mejorado, qué necesita reforzar o qué pasos podría dar para avanzar. Una nota puede situarlo en una escala, sí, pero no le ofrece una orientación real.
Y ahí está, para mí, una de las claves de la evaluación. Lo valioso no es tanto la calificación como la información que la sostiene: las observaciones del día a día, las evidencias recogidas, los matices que aparecen en clase, todo eso que muchas veces queda registrado en un supuesto «cuaderno del profesor» y que luego acaba reducido a una cifra. Por desgracia, es más fácil poner una nota que ofrecer un feedback de calidad cuando éste no se produce durante el propio tiempo de clase. Sé de lo que hablo.
Como docente de piano (asignatura con ratio 1:1) en la que la docencia se basa principalmente en lo que realiza el alumnado a cada momento y lo que el docente le explica, estoy en un entorno dónde la devolución de un feedback de calidad «usa» el propio tiempo de la clase. Y, además, gran parte de la «calidad» docente se basa en la capacidad de ofrecer el feedback que necesita en cada momento el alumno. Pero también soy docente de asignaturas grupales (incluso con experiencia en entorno universitarios con casi 100 alumnos en el aula). Y ahí, la cosa se complica. El feedback de calidad, verbalmente se puede ofrecer a pequeñas pinceladas a las intervenciones de los alumnos, pero en la corrección de otro tipo de trabajos, es algo que consume una cantidad enorme de tiempo, fuera del propio tiempo del aula. Y sí, lo sé, hay parte de la jornada laboral docente que está expresamente dedicada a eso, pero suele ser totalmente insuficiente. No hace falta seguir por este camino, ya que entramos en un debate de otra índole.
Recapitulo: es más fácil (quizá, podríamos decir rápido) poner una nota que ofrecer un feedback de calidad. Y el problema es que la exigencia innegociable del sistema que obliga al docente consiste en que éste proporcione una nota. «¿Que no escribe feedback en el boletín de notas?» No pasa nada. «¿Que no ofrece feedback de calidad a sus alumnos?» Tampoco será apercibido por ello. Pero como no ponga nota en el boletín, ¡ah, amigo! eso no se puede permitir. El sistema no lo puede permitir, porque entonces el sistema no puede seguir funcionando. No se ha decidido quien sigue y quien no. No se ha decidido quien entra a estudiar una carrera entre todos los que quieren, ni quien se queda con la plaza, etc. La nota, supuestamente condensa toda la información sobre el alumno, resultado de la prueba, etc… La nota condensa todo lo que el profesor sabe del alumno, todas las correcciones que le ha hecho, etc..
El problema es que de toda esa información sí puede salir una nota, pero de la nota no se puede reconstruir todo lo demás. Es un camino sin retorno. El número es el resultado de una reducción. Una abstracción. Y, como toda abstracción, pierde casi todo lo importante por el camino.
Además, se puede hacer un ejercicio con muchos alumnos: se les devuelve un trabajo con una nota y un feedback. Seguramente la gran mayoría, si pueden, irán primero a mirar la nota. También otro gran porcentaje de esos ni siquiera mirará el feedback. Y de los que lo miren, algunos lo leerán solo por curiosidad (no como oportunidad de crecimiento); y de esos, al día siguiente es posible que recuerden la nota pero poco (o nada) el feedback.
No son pocos los expertos y académicos en evaluación que están levantando la voz y avisando de que las notas (el proceso de calificación, no la evaluación) se están convirtiendo en uno de los principales obstáculos para el aprendizaje. Y cada vez toma más fuerza (como siempre, primero en territorios anglosajones, y ya dentro de unos años empezará a llegar aquí), un movimiento de Calificaciones Alternativas (Alternative Grading).
Desde los inicios en mi carrera docente yo siempre he notado que lo que menos me ha gustado ha sido calificar («poner notas»). Sé que es algo que tengo que hacer, pero el proceso de evaluación (¡que es muy interesante!) tiene un componente sombrío: la calificación. Sé que hay algunos docentes que consideran que el acto de poner las notas le da un enorme poder. Tienen visiones muy conductistas de su función, y con la nota sienten el poder de reforzar o castigar conductas. Ese «poder» nunca me ha gustado a mi, ni para una cosa ni para la otra. La evaluación y el feedback sirven al alumno. La nota, en cambio, sirve sobre todo para otras cosas.
Las notas pueden ser útiles para algunos profesores, las notas son para el sistema. Las notas sirven para muchas cosas, pero pocas de esas cosas tienen que ver con lo que realmente es la educación. Bajo el punto de vista que he intentado argumentar: las notas no son para los alumnos.
Esta entrada pertenece a un tríptico de reflexiones sobre evaluación que puedes seguir leyendo (en cualquier orden) en:


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